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Con tan sólo 6 años ya tuve contacto con el oscuro mundo de las Drogas.

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Viviamos en el casco antiguo de una bonita ciudad, pero con calles pequeñas, muchos bares, pubs y demás clubs de la noche de los años 80. Era una tarde de viernes, después de comer, mi padre había terminado su jornada laboral y nos íbamos toda la familia de fin de semana al pueblo, a ver a nuestros abuelos y tios, a jugar con los amiguitos de alli, si miedo a salir a la calle, de correr por el campo, de jugar con cabras, de salir a pasear y coger flores, moras silvestres y espárragos.
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Estábamos bajando las maletas y demás cositas, yo la mayor de 4 hermanas siempre ayudaba, obligación que me fue impuesta desde muy pequeñina, el caso, que me desvío, es que al salir al portal había un chico pinchándose... en esos momentos me puse muy nerviosa, salí corriendo escaleras arriba asustada llamando a mi padre. Realmente lo pasé mal, ahora desde otra pespectiva, quizás no fuera para tanto, lo he visto muchas otras veces a lo largo de mi vida, pero en aquellos momentos, una tarde de verano, sin nadie en la calle y un chico que olía mal, que iba sucio, sin afeitar, con los ojos inyectados en sangre, que me miró boquiabierto hicieron que mis alarmas saltaran y corriera en buscaba de mi protector, en aquellos momentos mi padre.
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Mi padre bajó aterrado, creía que me había caido, que me había pasado algo grave, le conté lo que había visto, a aquel chico con la aguja en el antebrazo, un antebrazo lleno de moratones y heridas, y que al verme escondió la jeringuilla en un vaso de coca-cola de papel, que llevaba en la mano. El chico salió casi corriendo callejuela abajo, mi padre le dió el alto, como si fuese un policia, éste se detuvo y escuchó atontado la solicitud de explicaciones que se le requerían, claro, que lo desmintió, costumbre bien arraigada en los consumidores, pero mi padre le hizo frente como un valiente y al final lo medio reconoció, incluso prometió no volver por allí. Cualquiera se hubiera negado después del rapapolvo, y es que el padre de 4 niñas pequeñas tenía que mirar por sus tesoros.
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Yo ya nunca más me encontré con alguien inyectándose en el portal, siempre bajaba con sigilo, y si veía o escuchaba me esperaba a que alguno de mis padres bajasen primero. Eran ellos los que tenían que echar tanto del portal como de dentro de la casa puerta a los habituales.
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Desde mi balcón por las noches de los findes de semana se veía de todo, magreos, besos, risas, carcajadas, peleas... lo que es una calle de fiesta. Una calle que no debería estar abierta a los ojos inocentes de los niños, afortunadamente aquella vivencia fue la que me hizo reconocer mi Vocación Profesional en esta Vida, mi Vida.
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Besitos